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Demostrar el amor… con amor
El creyente está llamado a ser testigo viviente del amor de Dios en un mundo que a menudo lo rechaza o lo ignora. Para llevar este amor, no basta con hablar o predicar, sino que es necesario encarnarlo en la vida cotidiana. El mismo Jesús nos mostró cómo amar de manera auténtica: con humildad, sacrificio y compasión.
En Juan 13:34-35, Jesús dice a sus discípulos: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros" (RVR1960). Este pasaje nos revela una verdad fundamental: el amor auténtico de los creyentes es el testimonio más claro de la presencia de Dios en el mundo.
Para llevar el amor de Dios, el creyente debe, ante todo, cultivar una relación personal profunda con Dios, recibiendo de Él fuerza y gracia. Solo así podrá amar no con sus propias fuerzas, sino con el mismo amor de Dios que actúa en él.
En segundo lugar, es importante vivir el amor de manera concreta: ayudar al necesitado, perdonar al que nos ha ofendido, ser pacientes, amables y disponibles. Este amor práctico habla más fuerte que mil palabras y muestra la belleza del Evangelio.
El creyente también debe ser un canal de reconciliación, llevando paz y esperanza donde hay conflictos, divisiones y desesperanza. El amor de Dios se manifiesta también en la capacidad de extender la mano y construir puentes, siguiendo el ejemplo de Cristo.
Finalmente, la oración es fundamental: orar para que Dios abra los corazones y prepare a las personas para recibir su amor, y orar para que el Espíritu Santo guíe y fortalezca nuestro testimonio.
En resumen, el creyente lleva el amor de Dios al mundo viviendo como un reflejo vivo de ese amor, practicándolo con sinceridad, perseverancia y con el poder del Espíritu Santo. Así, el mundo podrá ver y reconocer el verdadero amor, el que salva y transforma.
Con todo mi afecto y deseo de edificación,
Pastor Carmelo Orlando
Scripture
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Pablo nos invita a comprender la inmensidad del amor de Cristo, que va más allá de toda medida humana. Habla de estar arraigados y cimentados en ese amor, para poder comprender, junto con todos los santos, cuán ancho, largo, alto y profundo es Su corazón. Es un llamado a vivir una fe profunda y estable, arraigada en la experiencia concreta del amor de Dios que sostiene y transforma a cada creyente.
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