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Un amor que no funciona
El amor de Dios es perfecto, eterno, incondicional y poderoso, pero en el mundo a menudo parece no funcionar. La razón principal es que este amor no es aceptado ni reconocido. La Biblia nos explica claramente que el corazón del hombre muchas veces está cerrado al amor de Dios a causa del pecado y la rebelión.
En Juan 1:10-11(RVR1960) leemos: “En el mundo estaba, y el mundo por Él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron”. Este pasaje muestra una realidad dramática: Jesús, que es la encarnación del amor de Dios, vino al mundo, pero no fue recibido. El mundo no lo reconoció como Salvador, ni aceptó su amor.
La razón profunda de este rechazo está relacionada con la condición espiritual del ser humano. El pecado ha separado a la humanidad de Dios y ha endurecido los corazones, haciendo difícil acoger un amor que requiere humildad, arrepentimiento y confianza. El amor de Dios exige derribar las barreras del orgullo y de las propias seguridades, y esto a menudo es un desafío demasiado grande para quienes viven según sus propios deseos y voluntad.
Además, el amor de Dios no es un amor que se doblega ante los compromisos o las conveniencias. Es un amor santo, que llama al cambio y a la santificación. Muchos encuentran incómoda esta exigencia y prefieren alejarse de ese amor, porque implica renuncias, cambios profundos y romper con viejos hábitos o estilos de vida.
El mundo a menudo busca otras formas de amor: superficiales, egoístas o condicionadas por intereses personales. El amor de Dios es diferente: es gratuito, total y sacrificial. Por eso, mientras el corazón humano no se abra y no se deje transformar, este amor permanece rechazado e incomprendido.
Sin embargo, la buena noticia es que el amor de Dios nunca se rinde. Continúa buscando, llamando y ofreciendo salvación a quien quiera recibirlo. El mayor desafío es elegir abrir el corazón y dejarse amar de verdad.
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Pablo nos invita a comprender la inmensidad del amor de Cristo, que va más allá de toda medida humana. Habla de estar arraigados y cimentados en ese amor, para poder comprender, junto con todos los santos, cuán ancho, largo, alto y profundo es Su corazón. Es un llamado a vivir una fe profunda y estable, arraigada en la experiencia concreta del amor de Dios que sostiene y transforma a cada creyente.
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