Hoy recordaré

Day 5 of 7 • This day’s reading

Devotional

Fe dimensionada


Hoy recuerdo la historia de la mujer mencionada en los Evangelios, en el capítulo 8 de Lucas. La mujer que extendió su mano y tocó el borde del manto de Jesús. Siempre me ha llamado la atención el valor y coraje de esta mujer, ni se diga, su fe. Su fe que puedo percibir en estos relatos donde ella había escuchado de este tal “Hijo del carpintero” que se paseaba por las colinas cercanas hablando principios que retaban a todos los religiosos al igual que al hombre común. Su fe en este Hombre, que al parecer podía extender su mano y levantar a los paralíticos y enfermos. Su fe en este Maestro, que estaba provocando un cambio en el corazón de grupos enteros de personas con simplemente hablar unas cuantas palabras. 


En un instante aquella mujer enferma divisa de lejos a Jesús. Sus ojos lo ven. Su corazón lo ama. Su espíritu lo conoce. Él está tan cerca. Puede ver el color de sus ojos. Siente una fuerza sobrenatural que la atrae a su luz. Temerosa de las posibles consecuencias, extiende su mano y… alcanza a tocar el borde de su vestimenta. En una explosión de lo inexplicable, ella siente al instante un cambio en su ser. Su cuerpo se alinea a su Palabra y diseño. Y al escuchar: ¿Quién me ha tocado?, ella entiende que la Luz ha irrumpido en su existencia. Rostro en 


tierra, recibe lo que tanto esperaba y ¡valió la pena la espera! ¡Sus expectativas son cumplidas! Su alma brinca de gozo como un cordero liberado. Por medio de su fe, esta mujer ha obtenido su sanidad física y mucho más. 


Al recordar este relato, mi fe también crece y se extiende, se dimensiona pues esa mujer no tenía el Espíritu Santo en ella como nosotros sus hijos lo tenemos, ella estaba ejerciendo su fe; nosotros vivimos en la fe del Hijo. Ella vivía en las promesas que de Él se había declarado, nosotros en el cumplimiento de todas ellas en Cristo. Logro tener sanidad, paz, calma, refugio. Las palabras que Jesús le habló a ella llegan a ser también las mías: Hija mía, vete en paz. Nos quedamos con el gozo de este intercambio divino y sabemos muy profundo en nuestro espíritu que ¡nunca más seremos igual! Porque ahora como hijos de Dios somos herederos y coherederos con Cristo. Aquella mujer creyó sin ver cumplida la promesa. Nosotros recibimos el cumplimiento de aquella promesa, vivimos la herencia, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.