El poder de la palabra de Dios para transformar vidas

Devocional

El poder de la palabra de Dios para transformar la vida requiere que la persona se convierta en hacedor o practicante de ella.

Oír y no hacer vs oír y hacer

Santiago ilustra estas dos situaciones usando la metáfora de un espejo.

Oír y no hacer

Aquel que oye y no hace “es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego se olvida cómo era” (Santiago 1:23-24).  Esta metáfora sugiere el caso de una persona que apenas echa una mirada rápida a su rostro. Esta forma de mirar no deja un efecto claro ni duradero. Este es el caso de quienes escuchan la palabra de Dios y no la obedecen.

En la época de Santiago los espejos estaban hechos de cobre, bronce o plata, y se lustraban de modo que reflejaran la luz. Tales espejos proporcionaban un reflejo muy pobre, de modo que la persona debía mirarse detalladamente para poder apreciar bien su rostro. De allí, la necesidad de leer y meditar con devoción y constantemente la palabra de Dios.

Oír y hacer

El creyente que oye y hace conforme a la palabra escuchada es semejante al hombre que se observa a sí mismo cuidadosamente en un espejo perfecto. El espejo perfecto es la perfecta ley de Dios, valga aclarar, la palabra de Dios (Santiago 1:25). Esto supone una disposición (actitud) de obedecer la palabra de Dios. 

Necesitamos no solo leer ligeramente la palabra de Dios, sino enfocarnos en ella, estudiarla y meditarla con interés y pasión. El desarrollo de la fe está directa y proporcionalmente relacionado con la devoción, esfuerzo y enfoque en conocer, estudiar la palabra de Dios y aplicarla. Necesitamos hacer que la palabra de Dios forme parte de nuestra vida y, para ello, no es suficiente tener un contacto rápido y superficial con ella. Antes, es necesario que paguemos un precio para buscarla, fatigándonos en ella.

 ¿Cuánto tiempo dedicas al estudio y meditación de la palabra de Dios? 

¿Acostumbras realizar estudios bíblicos personales?

¿Dedicas el mismo tiempo a contemplarte en la palabra de Dios que el que le dedicas a tu espejo en la pared (para peinarte, afeitarte, maquillarte, cepillarte, etc.)?