Quiero Paz con Dios

Devocionales

  


Vivir en paz


Nuestra vida entera cambia en el instante en que tomamos la decisión de entrar en paz con Dios: somos transformados y perdonados; encontramos vida y amor; Dios nos adopta y recibimos su Espíritu. No obstante, nos deja con una pregunta: ¿Cómo vivimos el resto de nuestra vida ahora que hemos entrado en paz con Dios?  Esta es una pregunta importante. 


La realidad es que nos cuesta vivir como hijo de Dios. Tenemos la tendencia de ir a uno de dos extremos. Por un lado, caemos en el libertinaje (la actitud de "Yo puedo hacer lo que quiero, cuando quiero; Dios me perdonó y me sigue perdonando."). Por el otro lado está la condenación constante (es sentir que nunca estoy bien con Dios porque nunca hago suficiente ni soy suficientemente perfecto). 


La realidad de la vida del hijo de Dios es muy diferente del libertinaje o de la condenación constante. 


Idea grande #6: Ser hijo de Dios trae seguridad y cambios


El hijo de Dios tiene completa seguridad en su relación con su Padre. Es un estado fijo que no cambia según nuestro comportamiento de un momento a otro. Cuando está en Cristo, uno es 100% hijo de Dios, es totalmente perdonado de toda su pecado (del pasado, presente y futuro) por la gracia de Dios, y este estado no cambia a menos que uno abandona a Dios. Esta seguridad quita la condenación constante que sentimos.


A la vez, ser hijo de Dios también trae cambios constantes a la vida.  Es vivir con la seguridad total de ser hijo de Dios a pesar de nuestras imperfecciones, y a la vez siempre permitir que Dios nos cambie y perfeccione. Esto implica un proceso. Mientras el estado del hijo de Dios es fijo, Dios siempre pide que sus hijos estén en un proceso de maduración, de cambiar, de dejar pecado y de ser más como Jesús. En los ojos de Dios, sus hijos son perfectos. En realidad, su carne constantemente los lleva a rebelar contra su Padre, entonces nunca se portan totalmente de acuerdo con la perfección que han alcanzado en Cristo. Por lo tanto, siempre tienen que estar cambiando: luchando contra sus deseos pecaminosos, confesando su pecado y luchando por dejar el pecado. Lo que les motiva a vivir así es la gran gracia y perdón que ya han recibido de su Padre. Este proceso de cambios constantes protege al hijo de Dios del libertinaje.