Mostrando empatía

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Devocionales

Cuando Jesús no tuvo que llorar 



Una cosa que hace a Jesús tan notable es el hecho de que dejó la perfección del Cielo para venir en nuestra ayuda en la tierra. Vino a la tierra para nacer como hombre y experimentó las dificultades que eso conlleva. Y en esto, fue capaz de empatizar con la gente que le rodeaba.



Juan 11 cuenta una historia sobre unos queridos amigos de Jesús. Él se había hecho muy amigo del trío de hermanos de María, Marta y Lázaro. De hecho, en Juan 11:5 se nos dice que Jesús los amaba. Aparte de la relación que Jesús tenía con Sus discípulos, estos tres pueden haber sido Sus amigos más cercanos. Por lo tanto, tendría sentido para nosotros que cuando le llegara a Jesús la noticia de que Lázaro estaba enfermo, viniera inmediatamente, ¿verdad? No. Esperó dos días. Esos dos días fueron desgarradores para María y Marta. 



Pero Jesús conocía el plan de Dios desde el principio. Sabía que la enfermedad de Lázaro no "terminaría en muerte" (Juan 11: 4 NVI) y que Él iba a "despertarlo" (Juan 11: 11 NVI). Jesús no se preocupó de que Lázaro hubiera estado en la tumba durante cuatro días. Vio todo el panorama desde el principio y en el momento perfecto, finalmente hizo el viaje para ver a María y Marta. Este es el intercambio entre Jesús y María:



Cuando María llegó adonde estaba Jesús y lo vio, se arrojó a sus pies y le dijo: —Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Al ver llorar a María y a los judíos que la habían acompañado, Jesús se turbó y se conmovió profundamente. —¿Dónde lo han puesto?— preguntó. —Ven a verlo, Señor —le respondieron. Jesús lloró (Juan 11:32-35 NVI).



Jesús lloró. El versículo más corto de toda la Biblia, pero tan revelador de nuestro Salvador. Refuerza que Jesús era totalmente Dios y totalmente hombre. Sabía que Lázaro no se quedaría muerto, y que las vidas de Sus seguidores nunca serían las mismas después de esto. Sin embargo, lloró. Sintió el dolor de ellos y el suyo propio. 



A veces, en la vida, somos testigos de cosas duras. Vemos a alguien sufrir, pero confiamos en que saldrá mejor del otro lado. Puede ser un amigo al que ayudamos o un hijo al que criamos. Vemos el panorama general e incluso tenemos una buena idea del resultado. Pero en esos momentos, en lugar de intentar que todo sea mejor, necesitamos tomarnos un minuto y sentarnos en la incomodidad con la persona que sufre. Nuestro Salvador lo hizo. 



La empatía da vida a la curación de las personas. Seamos un soplo de esperanza para alguien que solo necesita ser visto en su oscuridad.