Por aquellos días, Juan el Bautista se presentó en el desierto. Se vestía con ropa hecha de pelo de camello y usaba un cinturón de cuero. Comía saltamontes y miel silvestre y pedía a la gente que se bautizara en señal de conversión para que Dios les perdonara sus pecados. Y les decía también:
—Después de mí viene alguien más poderoso que yo. ¡Ni siquiera merezco desatar las correas de sus sandalias! Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con el Espíritu Santo.
Todos los que vivían en la región de Judea, y en Jerusalén, iban al desierto para oír a Juan. Muchos confesaban sus pecados y Juan los bautizaba en el río Jordán.