En ese momento la gloria de Dios, que hasta entonces había estado sobre los seres con alas, se elevó de allí y fue a detenerse a la entrada del Templo. Dios llamó entonces al escribano vestido con ropa de lino y le dio la siguiente orden:
—Vete a recorrer la ciudad de Jerusalén y pon una marca en la frente de todos los que realmente estén tristes por las acciones tan odiosas que se cometen en la ciudad.