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Decisiones

DÍA 1 DE 3

Di: ¡Basta!

“Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lucas 15:17-18 RVR1960).

En su libro, El regreso del hijo pródigo. Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, Henri Nouwen se percibe a sí mismo como el hijo ingrato que se marcha de casa, dilapida la herencia paterna y, finalmente, descubre que estaba buscando fuera —de una manera ilegítima— lo que ya disfrutaba en la casa de su padre, rodeado de amor y aceptación. Él escribe: “He abandonado el hogar una y otra vez. ¡He huido de las manos benditas y he corrido hacia lugares lejanos en busca de amor! Esta es la gran tragedia de mi vida y de la vida de tantos y tantos que encuentro en mi camino. De alguna forma, me he vuelto sordo a la voz que me llama ‘mi hijo amado’, he abandonado el único lugar donde puedo oír esa voz, y me he marchado esperando desesperadamente encontrar en algún otro lugar lo que ya no era capaz de encontrar en casa".

Pero, ¿es esta una experiencia aislada del autor o se trata de un comportamiento que ocurre con frecuencia? Es una pregunta legítima que uno se plantea al leer la parábola bíblica o contemplar el cuadro de Rembrandt en el que se inspira Nouwen para escribir su libro. Uno se cuestiona si acaso también es ese hijo menor, lleno de falsas ilusiones, que busca infatigablemente en otras cosas lo que solo Dios puede dar por gracia.

Quizá no nos hayamos alejado físicamente de la iglesia, ni hayamos andado con gente de mala vida o caído en pecados escandalosos, pero si hemos buscado en el reconocimiento de los demás nuestro valor, en la validación ajena nuestra identidad, y en “ser alguien” una meta para sostener nuestra autoestima, entonces también hemos dado la espalda al Padre. Si nuestra alma anhela el elogio efímero de los hombres, si procuramos seguridad fuera de Dios, también estamos malgastando nuestra herencia. Si hemos mantenido un perfil de obediencia y lealtad promedio solo para que nuestras caídas pasen inadvertidas, hemos entrado en el juego de la hipocresía y hemos dejado de tener como propósito supremo el ser hallados en Él.

El hijo menor de la parábola dijo: “¡Basta!”; una decisión audaz, si se entiende que estaba hundido hasta el cuello en la miseria de un alma rota por el pecado, por la traición a la bondad de su padre y por una displicente ingratitud. Reconoció la profundidad de su maldad y recordó que solo había un lugar adónde ir: la casa de su padre. “Me levantaré”, se dijo. Y así fue. A diferencia de lo que imaginaba y de sus pobres expectativas, encontró a un padre bondadoso, que lo recibió sin reproches, lo restituyó a su lugar de hijo y le hizo una fiesta. Porque cuando decimos: “¡Basta!”, cuando renunciamos a lo que nos denigra y avanzamos hacia los brazos de nuestro Padre Celestial, ocurre que el cielo se inclina a nuestro favor, que todo el pasado queda inmediatamente olvidado, y que comienza una nueva aventura de redención y sanidad.

Si el pecado te ha alcanzado, si has sido despojado de tus vestidos de hijo por una adicción, un patrón destructivo, o por haber tomado decisiones desafortunadas una tras otra, ese no es el final. Puedes decir: “¡Basta!”, volverte a tu Padre… y cambiar el rumbo de tu historia.

Acerca de este Plan

Decisiones

La vida está hecha de decisiones. Abrimos los ojos por la mañana, y ahí comienza todo. Al final de la jornada seremos la suma de nuestros actos. Si esa suma es positiva, la vida será luminosa. En este plan te comparto tres decisiones —entre muchas otras— que bien haríamos en considerar si anhelamos una vida plena en Cristo.

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Nos gustaría agradecer a Como Jesús por proporcionar este plan. Para obtener más información, visite: www.instagram.com/osmanycruz