Un Lugar Para Nacer

Devocional

UN LUGAR PARA NACER


“He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá: aun los que le traspasaron. Todas las tribus de la tierra harán lamentación por él. ¡Sí, amén! “Yo soy el Alfa y la Omega”[b], dice el Señor Dios, “el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso". (Apocalipsis 1:7-8)


No había lugar para que Jesús naciera en la ciudad de Belén, pero la humildad de su nacimiento no puede oscurecer su realidad: ¡Él es el Rey de reyes y el Señor de señores! A pesar de su inmenso poder, la Biblia nos presenta un rasgo sorprendente e intrigante: Jesús no obliga a nadie a creer en él. Solo entra y habita en el corazón de aquellos que están abiertos a él. En cierto momento, en la revelación de Juan, Jesús explicó esto a la iglesia en Laodicea: “- ¡Escuchen! Estoy en la puerta y llamo. Si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en tu casa y cenaremos juntos”. (Apocalipsis 3:20)


¿Cómo es posible comprender el amor de este Rey que, aun dando su propia vida por la salvación de todo ser humano, no obliga a nadie a aceptar este amor ni a seguirlo? Ciertamente es un gran privilegio servir y adorar a un Rey tan misericordioso, ¿no es así? Esta libertad dada por Dios, también llamada "libre albedrío", es una prueba de que Dios desea ser obedecido y amado. En lugar de crear “robots controlados a distancia”, hizo al hombre dotado de la capacidad de distinguir entre el bien y el mal y de elegir vivir de acuerdo con Su voluntad o fuera de ella. Esta es la decisión más importante en la vida humana, y Dios desea profundamente que todos elijan la salvación. Desafortunadamente, no todos toman la decisión correcta, por lo que el texto de Apocalipsis nos dice que “Todos lo verán, incluso aquellos que lo traspasaron. Todos los pueblos del mundo llorarán por él” (Apocalipsis 1:7). Ciertamente habrá lágrimas de alegría por la segunda venida de Jesús, pero también muchas lágrimas de tristeza derramadas por aquellos que tuvieron la oportunidad pero la rechazaron.


En esta Navidad, comprométete a desafiar a alguien para que reciba a Jesús como Señor y Salvador de su vida. No te avergüences ni tengas miedo. Si esa persona permite que Jesús nazca en su corazón, habrás sido el instrumento de Dios para la mayor de todas las obras humanas: la de ver a un pecador convertirse en hijo de Dios a través del mensaje que brotó de sus labios. Incluso los ángeles no recibieron este privilegio, ¡así que disfrútalo y alegra el corazón de Jesús!