Sadrac, Mesac y Abednego respondieron:
—Majestad, no es necesario que le demos explicaciones sobre eso. El Dios a quien servimos puede salvarnos de su castigo y del horno de fuego. Es más, aunque él no lo hiciera, su majestad debe saber que no adoraremos a sus dioses ni nos arrodillaremos frente a la estatua de oro que ha construido.