¡Ustedes ya son sus hijos!, y por lo tanto, Dios mandó el Espíritu de su Hijo a sus corazones; y el Espíritu clama: «¡Abba! ¡Padre!» Así pues, tú ya no eres esclavo, sino hijo de Dios; y por ser hijo suyo, es voluntad de Dios que seas también su heredero.