Entonces el rey tomó el cetro de oro, lo puso sobre el cuello de Ester, la besó y le dijo:
—Dime lo que quieras.]
—Yo vi a Su Majestad, y me pareció un ángel de Dios. Al ver su esplendor me llené de miedo y confusión. ¡Qué admirable es Su Majestad, y qué hermoso es su aspecto!
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