«Un nuevo día»

Dia 1 de 9 • Ver la lectura de hoy

Devocionales

«Una triste realidad»




Me sentía destrozado después de la pregunta de mi mejor amigo John, con respecto a entregar el servicio del domingo a Dios. Después de dichas conversaciones, me fui a casa para procesar todo lo que me había dicho. Quería estar seguro de que todo esto era del Señor. Esa noche me pasé horas postrado ante el Padre. Le pedí claridad, sabiduría y dirección. Mientras oraba, había dos cosas que más se destacaban. En primer lugar, yo quería agradar a Dios más que nada en el mundo. Sin embargo, también sentí una profunda sensación de renuencia. Me preguntaba: ¿cómo llegué hasta aquí? y ¿por qué siento tanto temor de entregarle las reuniones a Dios nuevamente?




La historia y la duda




Amo el mover pentecostal. Como hijo de un pastor, siento un respeto profundo por aquellos que han optado por dedicar su vida a servir y edificar el cuerpo de Cristo. Todos los hitos importantes de mi propio andar cristiano han ocurrido en eventos congregacionales. Fui salvo en un campamento, el Espíritu Santo me llenó en un encuentro, fui llamado al ministerio en un campamento de jóvenes y ungido para el ministerio durante un viaje misionero patrocinado por mi congregación de esa época, a Arkansas. ¡Soy un hombre de iglesia hasta la médula!




Creo que la iglesia es una entidad dinámica. Sin embargo a veces estamos tan atrapados en nuestras tradiciones que nos volvemos ciegos ante los enfoques creativos y nos mostramos desinteresados en explorar nuevas formas de adoración y servicio a Dios. Algunas de nuestras tradiciones, por muy valiosas que sean, tienden a mantenernos encerrados en un marco, donde Dios nunca tuvo la intención de que nos mantuviéramos encerrados.




En los años 80 y 90, vi «la mentalidad del avivamiento» en muchas iglesias. Los pastores y líderes de esas iglesias creían que Dios pondría su mano poderosa en alguien especial para llevar el gran avivamiento a nuestra nación y al mundo. Ese líder especial y ungido escucharía palabra de Dios de los cielos y nos la traería de una manera novedosa. En medio de reuniones por toda la ciudad, las vidas de las personas serían tocadas y cambiarían para siempre.




A finales del siglo XX, Dios utilizó este modelo para llevar a millones a la fe en Cristo, y a otros millones más a experimentar la plenitud del Espíritu. Pero había un inconveniente. En muchas congregaciones, esta mentalidad de avivamiento parecía crear un entorno en el que solo unos pocos poseían y practicaban los dones del Espíritu. El resto, estaba para ver y sorprenderse. Enseñábamos que los dones eran para todos, pero actuábamos como si solo unos pocos conociéramos los secretos de los dones misteriosos y escurridizos.