La implacable ternura de Jesús

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Devocional

Existe una tendencia crónica a reducir al Señor a dimensiones humanas, a expresarlo en un marco de ideas dóciles. La razón humana busca comprender, reducirlo todo a sus propios términos. Pero Dios es Dios.


Él sobrepasa y trasciende todo concepto, apreciación y expectativa humana. Él está más allá de lo que podemos analizar o imaginar. Por este motivo Dios se presenta como un escándalo para los hombres y mujeres, simplemente porque una mente finita no puede comprenderlo.


Jesús nos llama a abrir nuestra mente y nuestro corazón, a renunciar a los estándares humanos de justicia, misericordia, amor, rectitud y honestidad. Para un discípulo de Jesús, el proceso de crecimiento espiritual implica desestimar gradualmente la imagen ficticia del Señor y abrirse progresivamente al verdadero Dios viviente.


Jesús nos llama a rechazar aquel dios de temor y de ira, a aquel dios distante para quien todos los no cristianos son inútiles; que envía a todos los paganos al infierno; que concede una franquicia de la salvación a ciertas denominaciones.


Las parábolas de Jesús revelan a un Dios que es habitualmente demasiado generoso con su perdón y su gracia. Lo muestra como al prestamista que perdona deudas, como al pastor que busca a una oveja perdida, como al juez que oye la oración de un recaudador de impuestos. En las historias de Jesús, el perdón divino no depende de nuestro arrepentimiento, ni de nuestra habilidad para amar a nuestros enemigos ni de nuestras actos heroicos y virtuosos. El perdón del Señor depende solo del amor con el cual formó a la raza humana.


El Señor no condena sino que perdona. El pecador es aceptado inclusive antes de que se arrepienta. El perdón lo tiene asegurado; solo tiene que aceptarlo. Esta es la verdadera amnistía, gratis. El Evangelio de Jesucristo es la historia de amor entre Dios y nosotros. Comienza con un perdón incondicional: la única condición es la fe. El cristianismo comienza cuando los hombres y mujeres experimentan la confianza y la seguridad inalterable que proviene de conocer al Dios Jesús.