Al Unico Dios Sea La Gloria Y Majestad

Devocionales

Salvados por los méritos de su sangre


Las Escrituras indican que en la resurrección, Cristo presentará a la iglesia ante su Padre, y entonces exclamará: He aquí estoy yo, con los hermanos que Dios me ha dado. Ninguno se habrá perdido, y todos serán perfectamente conformados a su imagen. Finalmente, Cristo mismo, nos presenta delante de Dios Padre para su inspección, aceptación, y aprobación eterna, porque no hay nada que en el presente ni en el futuro nos descalifique. 


Delante del trono del Padre eterno, nos presenta en la corte del cielo como su familia redimida, como rescatados de entre las ruinas de la caída. Como salvados por los méritos de su sangre, no solamente nos levanta de la muerte, sino que pública y solemnemente, nos presenta ante Dios como suyos, como recuperados para su propósito y servicio, como poseedores de un título en el pacto de gracia, a la bienaventuranza del reino.


Es Cristo, el que toma su lugar delante de Dios, como triunfante mediador, junto a los «hermanos» que Dios le ha dado, y el que confiesa ser uno con ellos, y se deleita en el fruto de sus manos. Nos presenta «sin mancha»: justificados, santificados, glorificados, y lo hace con «gran alegría», porque entonces verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho


En Judas 15 leemos acerca de la condenación que les espera a los apostatas; aquí contemplamos la dicha destinada a los redimidos. Ellos van a resplandecer para siempre en la justicia de Cristo, y Él se deleita en la iglesia como coheredera de su felicidad.


Una doxología de grandes cualidades dirigida a un Dios de infinitas perfecciones


¡Al único Dios, nuestro Salvador... sea la gloria, la majestad, el dominio y la autoridad, por medio de Jesucristo nuestro Señor, antes de todos los siglos, ahora y para siempre! Amén. Ahora vamos a considerar la naturaleza y el destinatario de esta oración. Es una doxología y una oración que está envuelta en una expresión de alabanza. Aunque breve, las verdades divinas que enfoca, son inmensas. 


Dado que el Señor está vestido de gloria y de belleza; siempre debemos adjudicar esas excelencias, pues son los santos quienes deben publicar y proclamar las perfecciones de su Dios: Canten salmos a su glorioso nombre; ¡ríndanle gloriosas alabanzas! Esto es lo que hicieron los apóstoles, y nosotros debemos emularlos.