Por eso Dios le otorgó el más alto honor
y el más excelente de todos los nombres,
para que, ante ese nombre concedido a Jesús,
caigan de rodillas todos:
los que están en el cielo, en la tierra
y debajo de la tierra,
y todos reconozcan públicamente
que Jesucristo es Señor,
para gloria de Dios Padre.