¡No Me Gusta Esperar!Sample

Día 1: El fruto que madura en la espera
Hace un tiempo, mientras escribía mi segundo libro, Decido Confiar, Dios comenzó a mostrarme algunos enemigos de mi fe. Recuerdo que me confrontó con la ingratitud, la duda y muchas otras áreas. Pero un día llegó a una en particular: la impaciencia.
Jejeje... Creo que, de todas mis luchas, esa es una de las más grandes. La verdad es que me cuesta esperar. Odio con todas mis fuerzas la impuntualidad, las filas, las citas médicas y todo lo que implique tener que esperar. Y Dios, con una sonrisa y con Su firme intención de formar mi carácter, siempre, siempre, siempre me pone a esperar.
Con el tiempo he entendido que no lo hace porque sea cruel o porque disfrute verme incómoda. Lo hace porque quiere desarrollar en mí el fruto del Espíritu Santo, y uno de esos frutos es la paciencia.
Un día una amiga me invitó a almorzar. Su mamá había preparado sancocho y me dijo:
—Ve y compra un aguacate.
Y yo, tipo:
—¡Claro que yesss!
El problema era que yo no tenía ni idea de cómo escoger aguacates.
Me acerqué a una pila enorme. Había unos verdes, brillantes y perfectos; otros más arrugaditos; algunos con manchas cafés. Y la Kelly experta en absolutamente nada relacionado con aguacates escogió el que se veía más bonito.
Evidentemente no estaba maduro.
Y así pasa muchas veces con el carácter. Vemos a alguien que parece "perfecto" y creemos que ese es el modelo ideal. Pero cuando hemos sido procesados por Dios, quizás ya no nos vemos tan impecables. Sin embargo, algo ha cambiado dentro de nosotros. Hemos madurado. Y como un aguacate en su punto, nuestro sabor es mucho mejor.
Somos tan impacientes que hasta queremos acelerar la maduración del aguacate envolviéndolo en papel periódico. Jajaja. Y muchas veces hacemos lo mismo con los procesos de Dios. Queremos resultados rápidos. Queremos respuestas inmediatas. Queremos llegar antes de tiempo.
Pero la impaciencia funciona como una imitación barata: parece darnos lo que queremos más rápido, pero nos roba el verdadero sabor del tiempo de Dios.
Vivimos en un mundo instantáneo. La tecnología nos acostumbró a tener transferencias bancarias en segundos, entregas rápidas y citas médicas agendadas desde una aplicación. Queremos todo ya. Sin embargo, ese afán puede ser tóxico para nuestra fe, porque Dios no acelera Sus procesos para acomodarse a nuestra ansiedad.
La Biblia nos muestra varios ejemplos de esto. Uno de ellos es Abraham y Sara. Dios les había prometido un hijo, pero cuando la espera se hizo larga decidieron buscar una solución por sus propios medios. La sociedad de su tiempo quizá lo veía como algo normal, pero no era el diseño de Dios. El resultado fue dolor y consecuencias que aún hoy tienen repercusiones (Génesis 16).
Nuestra fe siempre será tentada a pensar que Dios se olvidó de nosotros o que, si no actuamos de inmediato, perderemos la oportunidad. Pero Dios nunca llega tarde. Él tiene un tiempo perfecto para cada cosa.
Esperar no es fácil. Pero muchas veces es más difícil vivir con las consecuencias de nuestra impaciencia.
Confiar en Dios también significa reconocer Su soberanía. Significa creer que todo lo que Él hace es bueno y que todo lo que permite en la vida de Sus hijos obra para bien (Romanos 8:28). Significa entender que lo que para mí parece una pausa, para Dios puede ser protección, preparación o descanso.
He aprendido algo curioso: Dios parece tener dos velocidades. Una es "espera" y la otra es "de repente". Y ni mi afán ni mi impaciencia pueden acelerar ninguna de las dos.
Así que hoy suelta el control. Deja que Dios marque el ritmo. Él sabe exactamente lo que está haciendo.
Decide confiar.
About this Plan

¿Te cuesta esperar? A mí también. Muchas veces queremos que Dios responda rápido, pero Sus tiempos son diferentes a los nuestros. En este plan de 3 días descubrirás cómo la espera no es un castigo ni tiempo perdido, sino una oportunidad para que Dios fortalezca tu fe, forme tu carácter y te enseñe a confiar más en Él. Porque aunque no nos guste esperar, Dios siempre tiene un propósito.
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