Cambios InesperadosMuestra

Comencemos con un poco de contexto…
La historia de Daniel se desarrolla en el año 606 a.C., durante el tercer año del reinado de Joacim (uno de los hijos del rey Josías) en el reino del sur, Judá. Nabucodonosor, rey de Babilonia en ese entonces, un año antes (en el 607 a.c) realizó su primera conquista de Jerusalén (capital de Judá en ese tiempo) y se llevaría consigo a Babilonia a Daniel y sus amigos, entre otros jóvenes, y muchos tesoros del templo de Dios como botín de guerra, que pondría en el templo de sus dioses paganos.
Pero, unos años después, Nabucodonosor regresaría a Jerusalén y la conquistaría esta vez por completo llevándose consigo a la clase dirigente y productiva del país, como la realeza, los mejores soldados y artesanos y herreros. Además, no se fue sin antes sacar de la ciudad todos los tesoros del templo y del palacio real, y como el Señor lo había profetizado, hacer pedazos todos los utensilios que el rey Salomón había hecho para el templo del Señor. La ciudad estaba ahora desolada y el destino de esta nación lucía oscuro y triste, las personas de Judá eran ahora vasallas de uno de los imperios más grandes de ese entonces, por no decir el más grande. Esto lo podemos leer en 2 de Reyes 24:1-20, 2 de Reyes 25 y Jeremías 38 y 39.
Pero, no es necesario ir un poco más atrás en la línea de tiempo para comprender que Judá venía de una seguidilla de conflictos geopolíticos y conflictos por su propio pecado, por los cuales Dios en su justicia decide permitir estos sucesos.
Entre la muerte de Ezequías (uno de los reyes de Judá) y la caída final de Jerusalén en manos de los babilonios hay exactamente un siglo (687-587). En este siglo, los 3 imperios más fuertes de ese periodo en la historia (el Imperio Persa, el Imperio Egipcio y el Imperio Babilonio) se disputaron mediante guerras sangrientas y alianzas estratégicas las tierras de Judá, Israel y las naciones circundantes.
Una larga lista de reyes muy jóvenes y poco preparados para reinar asumieron el poder de Judá por derecho de nacimiento, haciendo lo malo frente a los ojos de Dios, con algunas escasas excepciones como el rey Josías, de quien está escrito en la Biblia que “hizo lo bueno frente a los ojos del Señor” (2 Reyes 12:1-2) y le dio a Judá un breve periodo de independencia de 20 años, que luego de su muerte concluyó, cayendo Judá bajo el dominio de los egipcios y luego de los babilonios.
Pero es importante remarcar que la Biblia no solo señala la maldad de los imperios ya mencionados, sino también la constante rebeldía y desobediencia del pueblo de Dios y de los reyes que lo gobernaban. No hay un grupo de buenos y un grupo de malos. Todos habían pecado contra Dios.
De hecho, Isaías es quien profetiza al rey Ezequías acerca de la caída de Jerusalén (2 Reyes 20:12-19) a lo que a él responde, con aparente despreocupación: “Al menos habrá paz y seguridad mientras yo viva” ...Tristemente luego de morir Ezequías, Manasés ,su hijo, se alza como rey de Judá durante 55 años de pura destrucción y declive, por su oscura rebelión contra el Dios verdadero y su devoción a dioses de naciones limítrofes, cometiendo toda clase de actos aberrantes. Su pecado e idolatría le costó mucho a Judá, y con cada nación que la doblegó, esa idolatría solo crecía, mientras ellos adoptaban a los dioses y las costumbres de las naciones que la ocupaban.
Mediante los profetas, Dios les advertía al pueblo y a sus reyes tiránicos de las consecuencias de sus acciones, y les reprendió en muchas oportunidades, pero ellos rechazaban a los profetas, y por consecuencia a Dios. El pueblo no se arrepentía, y seguía el curso de su malvado corazón.
Como podemos bien leer en la Palabra, el hilo conductor en esta línea de tiempo es el pecado del pueblo, la advertencia amorosa de Dios hacia ellos y el cumplimiento de sus justas sentencias tal y como él las había pronunciado mediante los profetas, cuando su pueblo no prestaba atención a su voz. Dios es justo, y no trata el pecado con tolerancia y liviandad. Este rasgo eterno de la persona de Dios, lo vemos en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento. Cristo Jesús fue quien Dios designó para vivir la vida en perfecta obediencia a él y a su pacto (en lo que todos los humanos fallamos) y para morir la muerte que nos correspondía, como paga de nuestro pecado. Sí, alguien pagó por nuestros pecados, e hizo justicia por nuestras injusticias, Dios no se hizo de la vista gorda, ni lo hace hoy. Y este plan de salvación, ¿quién lo diseñó? Dios mismo. Citando el muy conocido versículo de Juan 3:16 (RVC): “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él (confianza profunda y fe activa) no se pierda, sino que tenga vida eterna".
En Cristo, Dios satisface su justicia por los pecados de la humanidad y al mismo tiempo manifiesta su amor perfecto por una humanidad rota, habiéndonos dado el regalo más grande, la vida de su Hijo unigénito. Quizá leyendo estos pasajes sentimos enojo, irritabilidad y tristeza por las cosas que tanto el pueblo de Judá como los egipcios o babilonios hicieron, y encontramos muy difícil el sentir amor por ellos, sabiendo lo que hicieron.
Es más, seguro ninguno de nosotros sentiría querer dar la vida de un hijo por personas semejantes a ellos. Pero, hermanos, nosotros somos semejantes a ellos. Hemos pecado el mismo pecado que todos ellos, hemos sido idólatras y desobedientes a la ley de Dios. Como el apóstol Pablo dijo en Romanos 3:9-12 (RVC): «¿Entonces, ¿qué? ¿Somos nosotros mejores que ellos? ¡De ninguna manera! Porque ya hemos demostrado que todos, judíos y no judíos, están bajo el pecado. Como está escrito: “¡No hay ni uno solo que sea justo! No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se han corrompido, no hay quien haga lo bueno, ¡no hay ni siquiera uno!”».
Admitir nuestra condición es difícil y triste, pero nos es tremendamente necesario. En palabras de Jesús en Mateo 4:17 (RVC): «Desde entonces Jesús comenzó a predicar, y decía: “Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos se ha acercado”». Nos arrepentimos del pecado cada día y recibimos el perdón que Dios nos ha provisto mediante Cristo Jesús. Nos regocijamos cuando recordamos las palabras del apóstol Juan cuando dijo en 1 Juan 4:9 RVC: «En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros: en que Dios envió al mundo a su Hijo unigénito, para que vivamos por él».
Nuestra condición y nuestras obras hirientes entre nosotros y para con Dios no lo frenaron de llevar a cabo su plan de salvación, de perdón y de restauración para la humanidad. ¡Cuán grande es nuestro pecado, pero cuán sobreabundantemente grande ha sido su amor y su gracia con nosotros, pecadores! ¡Cuánto necesitamos de Cristo cada día y del perdón que él consiguió para nosotros por medio de su perfecta obediencia y furioso amor!
Cuán eterna y permanente la paz que tenemos ahora para con Dios por medio de su Hijo, por medio de quien Dios nos ha reconciliado consigo mismo. ¡Incontables son las bendiciones de las cuales ahora somos coherederos! ¡Cuán preciosa es su piedad y su misericordia!
"Muchas son mis faltas, pero su gracia es mayor"... (cita del himno His Mercy is More, por Matt Boswell y Matt Papa).
Acerca de este Plan

En medio de cambios inesperados y dificultades que probaron su fe, cuatro amigos se mantuvieron unidos, firmes y fieles a Dios, mientras una nación violenta los oprimía y buscaba esclavizar sus corazones. En este plan, exploraremos la vida de Daniel, Hananías, Misael y Azarías, y descubriremos preciosos tesoros sobre Dios y su reino mediante la historia de estos cuatro amigos.
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Nos gustaría agradecer a Aylen Buzzelli por proporcionar este plan. Para obtener más información, visite: www.instagram.com/lenybuzzelli




