Florece: Vive Centrada en La Verdad De CristoMuestra

Libre de la autocondena
¿Cómo podemos vivir bien hoy si no podemos sacudirnos de encima el pasado, incluso el pasado confesado y perdonado? Confiamos en que hemos sido perdonadas porque Cristo pagó por todos nuestros pecados cuando murió en la cruz, pero el recuerdo no se borra y las consecuencias en nuestra vida y en la vida de aquellos a quienes lastimamos pueden perdurar mucho tiempo. Ya sea que nuestra lucha se refiera a un pecado real o a los fracasos personales que definimos como pecado, condenarnos a nosotras mismas nos impide encontrar consuelo en el evangelio. Al contrario, nos regañamos y nos volvemos críticas y sentenciosas, no solo con nosotras mismas sino también con los demás. Este malestar no es por algo que estemos haciendo o dejando de hacer, sino por estar centradas en nosotras mismas.
Cuando nos unimos por la fe a Cristo, la culpa de nuestro pecado desaparece, y las bendiciones de pertenecer a Él no son solo para más adelante, para la otra vida; sino también para esta vida aquí en la tierra. Eso es lo que el autor de Hebreos quiere que comprendamos: Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.
"Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió" (He. 10:19-23 RVR1960).
Ahí está nuestra libertad. Cristo es fiel, incluso cuando nosotras no lo somos. Así que cuando esos sentimientos de condenación nos hunden, nos levantamos y volvemos a poner nuestra mirada en el evangelio.
Los perdidos no son los únicos que necesitan el evangelio: los salvos también necesitan escuchar las buenas nuevas. Lo necesitamos porque lo olvidamos, y porque Satanás es un experto acusador. Nunca dejaremos de necesitar este mensaje básico. En él encontramos confianza en lugar de condenación y deleite en lugar de carga. Y cuando caemos en pecado, no nos revolcamos en un charco de culpa. Levantamos nuestra mirada de nuestra propia vida y de nuestro fracaso para fijar nuestra mirada en nuestro Dios misericordioso y recordar que si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad (1 Jn. 1:9).
Lo mismo hacemos con los pecados del pasado que vuelven a atormentar nuestra conciencia, y nos susurran que las decisiones que hemos tomado nos impiden servir en tareas dignas y disfrutar de algunas de las bendiciones que reciben los demás creyentes. Sin embargo, no cedemos, sino que llevamos nuestra conciencia a la Palabra de Dios. Allí se nos recuerda de nuevo que, sí, ¡por supuesto que nuestro pecado nos descalifica! No obstante, la calificación de Cristo ha llegado a ser nuestra y lo sigue siendo mientras llevemos una vida imperfecta.
Si te perturban los sentimientos de condena, echa un vistazo a la historia bíblica de Rahab. Si alguien tiene motivos para sentirse descalificada por sus pecados del pasado, es una exprostituta. Esa era Rahab, pero ella puso su fe en el Señor y recibió una nueva vida, tanto en este mundo como en la eternidad. No permitió que su antiguo trabajo en el comercio sexual definiera su perspectiva de sí misma o de su futuro. Dios la definió, y la identidad que encontró en Él resultó ser más gloriosa de lo que podría haber imaginado. Esta antigua prostituta se casó y tuvo un hijo que pertenece a la línea ancestral del propio Jesús. ¡Cuán profunda es la misericordia y la obra santificadora de Dios para que el ADN de una mujer como Rahab pudiera fluir por las venas del santo Hijo de Dios! Además, ella es considerada aún hoy como un ejemplo de fe piadosa (ver He. 11:31).
Ni nuestro pasado ni nuestro presente nos definen. Nuestro pecado no nos define. Solo Cristo lo hace, y ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús (Ro. 8:1).
Señor, gracias porque en Cristo soy libre de la culpa y definida por Tu gracia; ayúdame a vivir cada día recordando que no hay condenación para los que estamos en Ti. Amén.
Tomado del libro «Florece: Deja que la verdad de Cristo te libere de la mentira de una vida centrada en ti misma» , de Lydia Brownback, publicado por Editorial Portavoz.
Escrituras
Acerca de este Plan

A través de ideas prácticas y una profunda exploración de las Escrituras, estos devocionales te inspirarán a fijar tu mirada en Cristo, la verdadera fuente de paz y satisfacción, dejando atrás las falsas promesas del amor propio y las tendencias culturales.
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Nos gustaría agradecer a Editorial Portavoz por proporcionar este plan. Para obtener más información, visite: www.portavoz.com/florece
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