1 Samuel 17:4-28
1 Samuel 17:4-28 PDT
Un guerrero famoso de Gat llamado Goliat salió del campamento filisteo. Medía casi 3 metros de altura. Llevaba un casco de bronce y una coraza también de bronce en forma de escamas de pescado que pesaba alrededor de 55 kilos. Llevaba unos protectores de bronce en las piernas y una jabalina al hombro. La parte de madera de su lanza era tan grande como el rodillo de un telar y la punta pesaba casi 7 kilos. Su escudero marchaba delante de él con su escudo. Goliat salía todos los días y desafiaba al ejército israelita diciendo: «¿Por qué están todos en orden de batalla? Yo soy filisteo, y ustedes son siervos de Saúl. Así que elijan a un hombre y mándenlo a pelear conmigo. Si me mata, él gana y los filisteos se convertirán en sus esclavos. Pero si yo lo mato a él, entonces yo gano y ustedes se convertirán en nuestros esclavos. ¡Ustedes tendrán que servirnos!» Goliat también dijo: «¡Hoy me pongo de pie para desafiar el ejército de Israel! ¡Los desafío a que envíen a uno de sus soldados a pelear conmigo!» Saúl y el ejército oían el desafío de Goliat y tenían mucho miedo. David era uno de los ocho hijos de Isaí, efrateo de Belén de Judá. En los tiempos de Saúl, Isaí ya estaba entrado en años. Los tres hijos mayores de Isaí habían marchado a la guerra con Saúl. El mayor era Eliab; el segundo, Abinadab; y el tercero, Sama. Los tres hijos mayores eran parte del ejército de Saúl. David, que era el menor, sin embargo, se alejaba de vez en cuando de Saúl para ir a cuidar el rebaño de su papá en Belén. Durante 40 días, el filisteo salía a mañana y tarde, y se paraba frente al ejército de Israel. Un día, Isaí le dijo a su hijo David: «Toma este canasto con grano cocido y estos diez panes y llévaselos a tus hermanos que están en el campamento. También llévales estos diez pedazos de queso para el comandante del batallón de los 1000 soldados donde están tus hermanos. Averigua cómo están tus hermanos y tráeme una prueba de que están bien. Tus hermanos están con Saúl y todo el ejército israelita en el valle de Elá, peleando contra los filisteos». A la mañana siguiente, después de dejar encargado el rebaño con otro pastor, David tomó la comida y se dirigió al campamento, como le había dicho Isaí. Al llegar al campamento, los soldados estaban saliendo a ocupar sus posiciones en el campo de batalla, lanzando gritos de guerra. Los israelitas y los filisteos estaban alineados y listos para la batalla. David le entregó la comida al encargado de las provisiones y corrió a donde estaban los soldados tratando de averiguar sobre sus hermanos. Mientras hablaba con sus hermanos, Goliat salió del campamento filisteo desafiando como siempre a gritos al ejército israelita, y David lo oyó. Los soldados israelitas veían a Goliat y corrían de miedo. Decían: «¿Ven a ese hombre? Sale todos los días a desafiar a Israel. El que lo mate, se hará rico. El rey le dará una gran recompensa, le dará a su hija como esposa y además la familia no tendrá que pagar impuestos ni cumplir el servicio militar». David le preguntó a un hombre que estaba cerca de él: —¿Qué dice que le darán al que mate a este filisteo y le devuelva el honor a Israel? ¿Quién es este tal Goliat? No es más que un pagano. Nada más que un filisteo. ¿Quién se cree que es para desafiar al ejército del Dios viviente? El soldado le contó a David sobre la recompensa por matar a Goliat. Eliab, el hermano mayor de David, se enojó mucho al verlo hablar con los soldados y le reclamó: —¿Qué estás haciendo aquí? ¿Con quién dejaste el rebaño en el desierto? ¡Ya sé a qué viniste! No quisiste hacer tus deberes y solo viniste para ver la batalla.





