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Job 41:1-34

Job 41:1-34 NVI

»¿Puedes pescar a Leviatán con un anzuelo o atarle la lengua con una cuerda? ¿Puedes ponerle un cordel en la nariz o perforarle la quijada con un gancho? ¿Acaso amablemente va a pedirte o suplicarte que le tengas compasión? ¿Acaso va a comprometerse a ser tu esclavo de por vida? ¿Podrás jugar con él como juegas con los pájaros o atarlo para que tus niñas se entretengan? ¿Podrán los mercaderes ofrecerlo como mercancía o cortarlo en pedazos para venderlo? ¿Puedes atravesarle la piel con lanzas o la cabeza con arpones? Si llegas a ponerle la mano encima, ¡jamás te olvidarás de esa batalla y no querrás repetir la experiencia! Vana es la pretensión de llegar a someterlo; basta con verlo para desmayarse. No hay quien se atreva siquiera a provocarlo. ¿Quién, pues, podría hacerme frente? ¿Y quién tiene alguna cuenta que cobrarme? ¡Mío es todo cuanto hay bajo los cielos! »No puedo dejar de mencionar sus extremidades, su fuerza y su elegante apariencia. ¿Quién puede despojarlo de su coraza? ¿Quién puede acercarse a él y ponerle un freno? ¿Quién se atreve a abrir el abismo de sus fauces, coronadas de terribles colmillos? Tiene el lomo recubierto de hileras de escudos, todos ellos unidos en cerrado tejido; tan juntos están uno al otro que no dejan pasar ni el aire; tan prendidos están uno del otro, tan unidos entre sí, que no pueden separarse. Resopla y lanza deslumbrantes relámpagos; sus ojos se parecen a los rayos de la aurora. Ascuas de fuego brotan de su hocico; chispas de lumbre salen disparadas. Lanza humo por la nariz, como olla hirviendo sobre un fuego de juncos. Con su aliento enciende los carbones y lanza fuego por la boca. En su cuello radica su fuerza; ante él, todo el mundo pierde el ánimo. Los pliegues de su piel son un tejido apretado; firmes son e inconmovibles. Duro es su pecho, como una roca; sólido, cual piedra de molino. Cuando se yergue, los poderosos tiemblan; cuando se sacude, emprenden la huida. La espada, aunque lo alcance, no lo hiere; tampoco lo hieren los dardos ni las lanzas y las jabalinas. Al hierro lo trata como a paja y al bronce como a madera podrida. No lo hacen huir las flechas; ve como paja las piedras de las hondas. Al mazo lo considera paja; se burla del silbido de la jabalina. Sus costados son dentados tiestos que en el fango van dejando huellas de rastrillos. Hace hervir las profundidades como un caldero; agita los mares como un frasco de ungüento. Una estela brillante va dejando tras de sí, cual si fuera la blanca cabellera del abismo. Es un monstruo que a nada teme; nada hay en el mundo que se le parezca. Mira con desdén a todos los poderosos; ¡él es rey de todos los soberbios!».

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