Introducción
En sus diferentes viajes misioneros, el apóstol Pablo contó con varios compañeros de viaje. Uno de ellos fue el joven Timoteo, hijo de madre judía y de padre griego (véanse Hechos 16.1-3; Romanos 16.21; 2 Corintios 1.1; Filipenses 1.1). Según esta carta (1.3), Pablo pidió a Timoteo que se quedara en la ciudad de Éfeso para corregir las falsas enseñanzas que empezaban a circular en la iglesia (1.6-7; 4.1-5).
El mensaje de la carta señala que la buena noticia es para todo el mundo. Pablo le recomienda a Timoteo que se ore a Dios «por todo el mundo», incluyendo a «los gobernantes» y a «todas las autoridades», y esto «para que podamos vivir en paz y tranquilos, obedeciendo a Dios y llevándonos bien con los demás» (2.1-2). Se nota ya un resumen de las enseñanzas cristianas, en forma de confesiones de fe (2.5-6; 3.16). También se puede apreciar cierta organización en la iglesia, pues se habla de las cualidades que deben tener quienes la dirigen y quienes en ella sirven (3.1-13).
Entre las muchas recomendaciones que el autor de la carta hace a Timoteo, sobresale la siguiente, que bien puede aplicarse a todo joven:
«No permitas que nadie te desprecie por ser joven. Al contrario, trata de ser un ejemplo para los demás cristianos» (4.12).
Y también:
«Imita al deportista que se esfuerza por ganar la competencia: haz todo lo posible por ser un buen discípulo de Jesucristo, y recibirás el premio de la vida eterna» (6.12).
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